Alejandro Gómez Arias: uno de los grandes periodistas hoy olvidado | Eloy Garza

Eloy Garza González

Hoy se cumplen 120 años de uno de los más grandes periodistas que ha dado México: Alejandro Gómez Arias. Ya nadie se acuerda de él y hasta Wikipedia se equivoca: en realidad nació el 28 de enero de 1901. 

Lo conocí muy bien. Era elegante y bien parecido. En toda su vida, no dejó de hablar o de escribir para la prensa un solo día, ni para tomarse un respiro. Era oaxaqueño pero escribió  incansablemente sus artículos como chilango de corazón, sobre justicias e injusticias; lo hizo desde la cabina de Radio UNAM, leyendo en voz alta sus artículos para su publicación literaria Fábula, haciendo el amor con Frida Kahlo y desde los cafés bulliciosos de la calle Reforma.

Yo de niño fui testigo varías veces de cómo repetía en voz alta los artículos que escribía a mano con su caligrafía diminuta y que luego enviaba cada dos semanas a ese Buda flaco y sabio llamado José Pagés Llergo, director de Siempre!. Y fui testigo de cómo surgía de su garganta y de su pluma una opinión devastadora en contra del PRI o sobre cosas más serias, con esa voz pausada, aguda y musical (“¡no hables como señorita!” le gritaban en los certámenes de oratoria de El Universal que solía ganar con la mano en cintura).

Tanto y tan correctamente habló siempre que un compañero de juergas suyo corrió la especie de que don Alejandro no se callaba ni cuando dormía. Y entre sueños susurraba discursos y artículos con la misma coherencia proverbial con que peroraba despierto.

Don Alejandro no solo fue un gran periodista y un gran orador: fue eso aunado a su lucha por la autonomía de la Universidad Nacional (1929), a su militancia vasconcelista (1929), a su defensa de la expropiación petrolera (1938), a su presencia como fundador del Partido Popular (1938). Sin embargo, con todo y su vastedad de intereses, don Alejandro sólo fue perseverante en su oficio de jardinero. Después de la derrota electoral y el exilio de José Vasconcelos, se dedicó con maestría al delicado cultivo de las rosas.

Conocí a don Alejandro en los años ochenta y guardo registro de casi todas nuestras conversaciones en una grabadora de cassette que aún conservo casi como joya arqueológica. Y es que apenas me tomó confianza, me soltó sus recuerdos personales sobre su amigo Adolfo López Mateos, con quien compartió de joven la represión oficial en 1928, dejando en el futuro mandatario una migraña de por vida resultado de un macanazo que marcó secuelas. “Desde entonces tomaba a cada rato puños de aspirinas como si fueran dulces”. Me pregunto si no fue esa madriza juvenil la causa del aneurisma que mató a López Mateos en 1969.

¿Por qué entonces, con estos envidiables antecedentes don Alejandro no incursionó en la política? ¿Por tomar distancia para criticar y censurar a sus anchas a los políticos? No lo se, pero en esa conciencia brillante que el 3 de marzo de 1990 se llevó la muerte, quedaron ocultos muchos razonamientos de uno de los periodistas más memorables que vivieron en México durante el siglo XX.

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