Paco Villarreal

EL SISTEMA DEL DOCTOR ALQUITRÁN

Paco Villarreal

Hace tiempo, un amigo me preguntaba qué debe hacer un periodista cuando sus principios políticos no son compatibles con una información que se está generando y debe ser emitida. No me gusta presumir de sabio, pero a veces hasta yo mismo me asombro, porque le respondí: “¡Yo qué sé! Pregúntale a un periodista. Yo soy electricista”. Salomón hubiera palidecido de envidia con mi respuesta toda embarrada de sabiduría. Ese tipo de conflictos se presentan constantemente en el trabajo periodístico. La personalidad, incluso la humanidad del periodista, chocan cotidianamente con el ejercicio de su profesión. Como periodista, se tiene todo el derecho y diría que hasta la obligación de tener principios e ideología. Con la salvedad de que no se le puede permitir ser superficial en ningún caso.

Un periodista sólido en principios e ideología es muy respetable por su coherencia. Pero lo más curioso es que esa coherencia moral e ideológica no se debe a que las ejercite en su profesión sino en que las pone en segundo lugar frente a la suprema aspiración de la Deontología periodística: la objetividad. Es admirable y merece ovaciones de pie, que un periodista, de filiación priista por decir un ejemplo y suponer, sólo suponer una ideología, emita una información objetiva, clara y sin sesgos, sobre una gira de don Andrés. Lo mismo pasaría si un periodista afín a la 4T (no yotúberes, influénceres y demás gansos advenedizos), un periodista real, precisa sin cortes ni jiribilla la más reciente invectiva de Marko Cortés contra el Presidente (creo que las emite como prescripción médica: una después de cada comida; en ayunas no porque se envenena).

Por desgracia, la norma ha sido el uso cada vez más feroz de los espacios mediáticos para que periodistas acomoden consignas, propias o ajenas, en aras de hacer cada vez más difícil vivir, convivir y sobrevivir. En este peldaño tan resbaladizo de los procesos electorales, el mucílago labioso de muchos medios hace que andemos ya como en la casa del jabonero, donde quien no cae, resbala, con el sazonador adicional de la ceguera. Tres cegueras en realidad: la ideológica, la crítica y la del sentido común. La información editada, matizada, sesgada, inventada, corregida, soñada, imaginada, está lejos, muy lejos de la disciplina periodística. Los propios candidatos calientan motores valiéndose del cruce de notas que nadie lee completas, y comentarios que, eso sí, todos comentan. Un ejército de reporteros, periodistas y opinadores despliega todo tipo de sandeces en una tierra bien abonada por la intriga y una ya no muy discreta nostalgia por los golpes de estado del siglo XX (¿Verdad señora Pagés?).

Así las cosas, no me asombra, por ejemplo, el zipizape que se traen con la candidatura del joven Luis Donaldo a la alcaldía de Monterrey. Yo ya suponía que iba a suceder eso, y tal vez más. No sé si le asista razón a Colosio, yo no soy su vecino; pero se comprende a quienes quisieran descarrilar esa candidatura desde una muy obvia cofradía medinista que, debe aclararse, no es un búnker priista sino… sólo medinista. Creo que en mis años he visto guerras sucias peores que estas, aunque nunca tan cínicas ni con tanta leva oficiosa en los medios y redes sociales.

No es que me caiga bien el joven Colosio, que sí me cae bien, pero su caso puede ser el caso de todos los candidatos. Lo evidente ahora es que se desata otra guerra sucia, focalizada en las elecciones locales, ya no tanto en el enemigo número uno de todos: don Andrés (O al menos eso nos han estado repitiendo hasta el cansancio durante varios años ya). Y aunque su filiación más o menos “morena” la pone a tiro de la “otra” guerra sucia, Clara Luz Flores también acusó ya de recibo de una de estas joyas coprofílicas de los políticos mediocres. No hay INE, Trife, ni Suprema Corte que pare esta porquería una vez desatada por una sencilla razón: si antes ya había gente dispuesta a creerla, ahora, luego de varios años de desmoronar la sensatez pública con sistemáticas campañas de odio y desinformación, hay cada vez más gente dispuesta a creerse lo que sea.

México se ha convertido ya en una versión monumental de aquella casa de salud donde alegremente se aplicaba el sistema del Doctor Alquitrán y el Profesor Pluma que imaginó Poe: la locura campante… Y apenas empieza el aquelarre electoral. No hay manera de conjurar lo que en realidad es un atentado a la democracia, porque el propósito no es lesionar la dignidad del oponente, sino la imposición de candidatos sin más méritos que, según se deduce de esas campañas, ser mejores que el otro en cualquier cosa…, excepto en dignidad y decencia. No hay manera de conjurar eso salvo, creo yo, apelando a ética profesional de los reporteros, periodistas, opinadores y, por supuesto, medios de comunicación. El único dique posible a esta locura que ya se desbordó y que eventualmente puede llegar a ahogarnos. Porque han sido los medios, no los gobiernos ni los partidos, los que han volado la presa y han dejado correr el agua… Y me pregunto por enésima vez si ahora el periodismo sí se impondrá contra la presión. Porque al hacer labor para gobiernos, partidos o grupos, aun cuando sea en coherencia con ellos mismos, dejan de hacer periodismo para hacer sólo marketing, publicidad, que es prima hermana de la manipulación. Confieso que no culparía su debilidad. Yo mismo no sé si aguantaría la presión. Lo bueno es que mi único título profesional es de electricista, y todavía soy bastante coherente y cauteloso con los cortos circuitos.

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