AMLO: su éxito como comunicador es su fracaso como estadista

Eloy Garza González

AMLO le ha dado la vuelta al factor de la victimización: históricamente en México las víctimas eran grupos minoritarios frente al poder político representado por los gobernantes. 

Ahora es el poder político, encarnado en AMLO, quien se asume como la víctima de una masa amorfa denominada “conservadores” o “fifís”. No digo que no existan, sin embargo, el Presidente es muy selectivo en esta división arbitraria de supuestos liberales versus supuestos conservadores. 

Dentro de la 4T hay una guerra intestina aún contenida pero no por eso menos violenta y ya a punto de estallar sin remedio (la riña entre Julio Scherer y Gertz Manero es sólo un ejemplo entre cientos). 

Pero cada mañanera es un recordatorio del blanco a donde deben apuntar los seguidores del Presidente: no la clase empresarial, sino ciertas figuras de la iniciativa privada confrontadas en lo personal contra AMLO. 

Dice el Presidente: “yo también me convierto en víctima y quien me ofende me afrenta” (a pesar de que cuente con recursos a su disposición por lo menos equiparables al más boyante de los empresarios mexicanos sin contar con los mecanismos legislativos y judiciales para combatir a sus adversarios). 

Es como si en cada mañanera AMLO organizara una consulta directa: “¿siguen o no confiando en mi?” Un plebiscito matutino, insistente, y más eficaz que cualquier intento de revocación de mandato o ratificación y, a la larga, más oneroso para las arcas públicas. 

En inglés, la palabra verdad (truth), tiene la misma raíz etimológica que la palabra confiar (trust). AMLO parece decir: la verdad consiste en que me tengan confianza. Es su forma mexicana de posverdad. 

Desmontemos el mecanismo de la mañanera. Con ese fin divido a la mañanera en tres etapas para su mejor comprensión. 

1.- La comunicación en México y en buena parte del mundo se ha empobrecido a merced de la “economía de la atención”. ¿Qué significa esto? Que ante la oferta tan exorbitante de información y entretenimiento que se crea y se consume al instante en redes sociales, las figuras públicas como López Obrador compiten constantemente por captar la atención. Eso lo sabe hacer muy bien el Presidente. ¿Cómo?

2.- La manipulación de las emociones masivas es la base de las mañaneras. No es en principio de cuentas la polarización (contra lo que pudiera pensarse), sino el manejo de emociones lo que más capta la atención de los seguidores del mandatario. AMLO es un maestro en la materia, por una razón especial: las emociones no implican solo provocar empatía; también el odio es una emoción. No nada más nos atraen las emociones sentimentales, nos imantan de igual manera las emociones negativas como el resentimiento. 

Este ir y venir del resentimiento en su envoltorio de burlas, memes, troles, haters, etcétera, contra el oponente (a favor o en contra de AMLO) no ha tocado fondo: viene lo peor en estos dos últimos años de gobierno federal. 

3.- Con habilidad incomparable (lo digo para mal), AMLO ha logrado nutrir diariamente las emociones masivas, construyendo un relato (storytelling es el término en inglés), muy simplista, con elementos emocionales que impactan en la población y que rebasan las fronteras de las redes sociales, hacia donde se destina por lo general la narrativa de la oposición: Twitter o Instagram. 

Contra lo que se piensa, Enrique Peña Nieto no pretendía valerse de la “economía de la atención”. Se bajó del ring y perdió el combate por ausencia. Nunca fue capaz de suscitar a su favor las emociones masivas (más que como burla de sí mismo o como modelo de vestuario y peinado estilizado), y por eso perdió pisada ante la opinión pública. 

No hay racionalidad en el debate público del México actual: todo se emocionaliza. Todo sirve a los polemistas menos la razón. 

AMLO ha demostrado a estas alturas de su sexenio que no tiene la reciedumbre moral para articular una agenda de gobierno que remonte una visión de Estado similar a una riña de cantina. 

La culpa ya es sólo suya. No actuó como estadista y ya es tarde para revirar: está condenado a repetir una y otra vez su narrativa emocional mientras los grandes problemas nacionales siguen latentes y crecen los índices de pobreza extrema, según registra el propio Coneval. 

Como politólogo, AMLO debió leer a Norberto Bobbio: “Aprendí a respetar las ideas ajenas, a entender antes de discutir, a discutir antes de condenar”. 

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