El agarrón literario de Alfonso Reyes contra Ramón López Velarde

Eloy Garza González 

Cuando yo era niño intenté desentrañar tres dudas trascendentales: 1.- ¿De dónde vengo y a dónde voy? 2.- ¿Qué hay más allá de la muerte? 3.- ¿Por qué no se querían Alfonso Reyes y Ramón López Velarde? 

Para ninguna de las tres preguntas obtuve respuestas rápidas y menos satisfactorias. Pero para la tercera recibí ya en mi juventud un atisbo de explicación por parte del escritor Adolfo Bioy Casares. 

Resulta que don Adolfo vino a Monterrey en los años 80´s, cargando a cuestas su fama de buen narrador, de ser amigo de Jorge Luis Borges y de ser un mujeriego irredento. Impartió una conferencia en la Alfonsina al lado de don Raúl Rangel Frías. Al final del evento me le acerqué para preguntarle, con el desenfado de mis 20 años, por qué Alfonso Reyes, amigo suyo. no quería a López Velarde, ídolo suyo. 

Como toda respuesta, don Adolfo me recitó casi completo el poema “La Suave Patria” de López Velarde. Y luego le pidió con jiribilla a Rangel Frías que se atreviera a recitar algún poema de Reyes. Por supuesto, don Raúl no recordó ninguno, más que la primera estrofa de “No cabe duda, de niño a mi me seguía el sol, etcétera, etcétera”. 

Así demostraba Bioy Casares que López Velarde era mejor poeta que Reyes porque “poeta que no es recitado no es alabado”. De ahí que el segundo (a la sazón muy juicioso pero también muy vanidoso) le guardó al primero una envidia marca diablo.

Cuando llegué a la edad adulta por fin entreví las respuestas a mis tres preguntas infantiles. Ya decifré de dónde vengo y a dónde voy; entendí qué hay más allá de la muerte y comprendí porqué a Alfonso Reyes le caía gordo López Velarde. 

Como no puedo explicar con prolijidad las tres respuestas metafísicas, por lo pronto sólo responderé a la tercera interrogante. Les platico el cuento completo: ahí les va.

López Velarde y Alfonso Reyes eran contemporáneos. El primero nació en 1888 y el segundo en 1889. Es decir, tenían casi la misma edad. Uno era pobre, el otro era de prosapia. Uno era de clase baja, y el otro de abolengo. López Velarde escribía estrofas magistrales y Reyes burilaba prosas deslumbrantes. Cada quién a lo suyo. 

En 1920 Reyes publicó un libro de cuentos: “El plano oblicuo”. López Velarde publicó la respectiva reseña en el número 5 de “México Moderno” (diciembre 1920). Con unas líneas alambicadas y retorcidas afirmó que prefería a Alfonso Reyes “fuera de la lírica”. 

En pocas palabras, a López Velarde, de Jerez, Zacatecas, no le gustaba como poeta Alfonso Reyes, de Monterrey, Nuevo León. Lo malo era que a Reyes le hubiera gustado ser recordado especialmente como poeta. De manera que resintió la reseña de López Velarde como una verdadera afrenta. 

Reyes era ecuánime: solía perdonar o pasar por alto los agravios de sus enemigos, incluso los de su padre victimado. Nunca se metía en camisa de once varas. Le gustaba llevar la fiesta en paz. 

Empero, a Reyes no le agradó nada que prácticamente le dijeran que como poeta era un literato de segundo orden, o sea, un poeta del montón. Jamás se lo perdonó a López Velarde. Casus belli. 

Indirectamente se refirió al autor de “La Suave Patria” en un ensayo que tituló nada menos que como “Venganza  literaria” (1936). A todos los lectores de esa venganza les cayó el veinte de que cuando Reyes se refería a “poetas de campanario”, “inciensos de parroquia”, “virtudes aldeanas” aludía más o menos veladamente a López Velarde.

Sin embargo ahí no acabó todo el mitote.  El “regiomontano universal “ traía más balas en sus cananas. En 1941, ya muerto López Velarde, Alfonso Reyes publicó “Pasado inmediato” y volvió a la carga sobre el zacatecano. Lo llamó: “estrella fugaz en nuestro cielo poético” y autor que “conquistó la fama de una sola vez con una sola poesía: La Suave Patria.”  

Como remate, en el suplemento de “El Nacional” (22/ 07/1951) Reyes embiste de nueva cuenta contra López Velarde y dice de él: “Vida corta. ¿Malograda? (…). Tal vez haya destinos a los que conviene el acre sabor de la juventud.” Con esto, el “regiomontano universal” quería decir que si López Velarde no hubiera muerto joven, hubiera acabado como simple poeta menor. Fuertes revelaciones. Exactamente la acusación que ha recibido (también injustamente) el propio Alfonso Reyes: sus malquerientes dictaminan que es un poeta menor. 

Vuelvo a Bioy Casares y a mi encuentro con él en la Biblioteca Alfonsina. El argentino me dijo que su amigo Borges era un admirador irredento de López Velarde y creía que Alfonso Reyes, aunque fue el mejor prosista del español de su época, no fue un poeta de relevancia. 

Cuando yo le cambié el tema a don Adolfo porque ya la cosa se ponía peliaguda y mejor le pregunté sobre mis otras dos dudas existenciales (¿de dónde vengo? y ¿qué hay más allá de la muerte?), el argentino me respondió: “¿De dónde vienes?  Como todos los mexicanos modernos, vienes de la prosa de Alfonso Reyes y vas a la poesía de López Velarde. ¿Qué hay más allá de la muerte? La poesía inmortal de Ramón”.

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