El Capitolio en peligro | Paco Villarreal

Paco Villarreal

En marzo de 1770, un fulano llegó edificio de aduanas de Boston, Massachusetts, exigiendo un pago que le negaron; además, le propinaron unos cuantos zapes. El sujeto, adolorido en el físico, el bolsillo y la dignidad, juntó raza y volvió con medio centenar de colonos haciéndola de tos al guardia británico apostado en la aduana. Abrumado por las amenazas e insultos de la turba, el guardia pidió refuerzos y así llegaron ocho soldados más. Afuera, la multitud creció en número y en vituperios que, además, retaban a los soldados británicos a dispararles. En algún momento, un grupo de colonos se fue a las manos contra un soldado. Superado en número y en golpes, el oficial disparó. Los demás soldados, al oír el disparo, supusieron que se había dado la orden de hacer fuego, y también usaron sus armas. El saldo fue de tres muertos en el lugar y dos más que murieron después a causa de las heridas. Así fue la famosa “masacre” de Boston, que se da como referente del inicio de la revolución de independencia de los Estados Unidos.

Para cualquier propósito, el término “masacre” significa el asesinato perpetrado deliberada y ventajosamente contra una multitud indefensa. La definición no encaja con lo que sucedió aquella noche en Boston. Si bien fue una agresión ventajosa por las armas, los soldados respondieron a la agresión de un grupo que tenía la ventaja del número. Si no se hubiesen intimidado por los disparos, fácilmente hubieran podido reducir a los soldados. Aun así, Samuel Adams, uno de los “padres fundadores” de los Estados Unidos, bautizó el hecho como masacre y lo usó como propaganda para sus propósitos paternales. Ningún prócer estadounidense estuvo ahí, sólo la chusma chambeadora que exigían un pago justo no un cambio de gobierno.

Lo que siguió ya lo sabemos, más o menos: la guerra de independencia de las colonias… que realmente inició por un problema de impuestos. Claro que los amorosos “padres” no olvidaron que la chusma puede ser útil a la hora de tomar las armas, pero estorba a la hora de gobernar. Por eso, cuando crearon su modelo de democracia, tan publicitado como ejemplar, incluyeron el voto universal (la chusma), pero le pusieron riendas con un Colegio Electoral de notables. Así, el más “puro” modelo de democracia en el mundo es, en realidad, una oligarquía embozada. Fue esa asamblea de notables la que ignoró la voluntad popular hace cuatro años y dio el triunfo a Donald Trump a pesar de la clara ventaja de Hillary Clinton.

En el asalto al Capitolio de este 6 de enero no había “chusma chambeadora” sino radicales de todo tipo azuzados por el mismísimo presidente de los Estados Unidos. Fue mucho más numeroso y violento que en Boston, y a pesar de los muertos y los detenidos, la respuesta policiaca fue más bien mesurada. El motín fue llanamente un intento ridículo por imponer un dictador. Y los Estados Unidos podrán imponer dictadores en cualquier país, pero no en casa y menos tan obviamente.

Hay un repudio casi universal contra el incidente pro-Trump en el Capitolio. Unos hablan de terrorismo doméstico, otros de atentado contra la democracia, otros acusan de puro vandalismo. En general se culpa a Donald Trump. Yo no estaría tan convencido de eso. Como diría mi agüelo: “primero fíjate en quién se beneficia”. El grotesco güero y gerente general de USA Inc., no hubiera sido el beneficiario al ser impuesto como dictador. Sería, como ya lo es, una imagen encarnada de un fantasma que asecha por el mundo desde hace algún tiempo. El fascismo es uno de sus rostros, pero tiene qué ver más con la naturaleza humana corrompida por el egoísmo, el desprecio hacia el otro, el odio irracional, el clasismo racial y económico, el mal justificado por la razón y la razón subordinada a las pasiones. Esa es la horda salvaje que sería beneficiada. No creo que los líderes internacionales que condenan el incidente (no incluir a Bolsonaro) lo hagan por salvar la democracia de los Estados Unidos.

Creo que se curan en salud, porque multitudes como las del Capitolio las hay por todas partes. Las hay incluso en México y ya se han manifestado en medios y redes sociales, hasta en el Zócalo con “hordas” de tiendas de campaña. Las hay incitando al odio, con argumentos o sin ellos, con adjetivos y sin sustantivos. Sin embargo, hay que reconocer la… digamos “decencia” de partidos y algunos empresarios que, aunque con espíritu golpista, eligieron la vía democrática de una alianza política (nunca social) para derrocar a este régimen.

Personalmente creo que los legisladores gringos no defendieron a la democracia sino a las instituciones del estado. Aunque todavía hay riesgo, no permitieron que, de momento, el asalto al Capitolio se convirtiera en una nueva “masacre” de Boston (es decir, no una masacre sino un panfleto político, vid supra). Yo, que soy escéptico ante las “teorías conspirativas”, admito que el asalto al Capitolio tiene muchas hebras de ese paranoico hilván: algo está removiendo la nata más sucia de la humanidad.

Para los Estados Unidos, este incidente exhibió también una tara de origen en su sistema electoral. Necesitan una reforma o estas protestas se repetirán incluso con otros protagonistas. En México, tal vez el sistema electoral necesite una pulidita, pero comparativamente no estamos tan atrasados en el tema. En cambio, las instituciones del estado sí necesitan reformarse y no desmantelarse… ese es nuestro capitolio en peligro.

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