Jaime Rodríguez: el destino es justo y cruel

Eloy Garza González 

Cuando todos los políticos tradicionales optaban por ponerse a favor o en contra de Morena o a favor o en contra del PRI y el PAN, eligió dejar sus 33 años de priista y lanzarse como gobernador por la vía independiente, como lobo solitario. 

Cuando se volvía un fenómeno de popularidad en redes sociales gracias a sus habilidades afectivas, decidió contratar charlatanes que le gestionaran sus cuentas en Instagram y Facebook. 

Cuando el triunfo legítimo que lo llevó a Palacio de Cantera lo inspiraba a hacer los cambios que necesitaba urgentemente Nuevo León, se volcó a hacer lo mismo de siempre y lo mismo que todos. 

Cuando comenzaba a salirse de lo ordinario en la forma de gobernar, para hacer las cosas diferentes, cayó en la burda tentación de hacerse multimillonario. 

Cuando aseguró solucionar el problema del transporte público, compró vagones de Metro a sobreprecio y celebró negocios en la opacidad. 

Cuando  propuso no distraerse en su gestión (“aquí estaré en Nuevo León los seis años”, decía) se le antojó ser candidato a la Presidencia, abandonando de buenas a primeras su compromiso con los nuevoleoneses. 

Cuando se dio cuenta que carecía de la mínima posibilidad de victoria nacional, desvió cuantiosos recursos de su gobierno para sostener una campaña en caída libre. 

Cuando lo acusaron de delitos electorales por malversación de fondos durante la recolección de firmas para su candidatura, se burló de su denunciante Samuel García (ahora gobernador), así como del INE y del Tribunal Electoral. 

Cuando acariciaba sueños guajiros de grandeza y de creciente megalomanía, fue el candidato menos votado en la campaña presidencial de 2018. 

Cuando Samuel García insistió un año después con la denuncia en contra suya, añadiendo acusaciones de daño patrimonial a Nuevo León y de peculado, él lo insultó violentamente ante los medios de comunicación. 

Cuando prometió en un debate “mocharle la mano a los delincuentes”, al terminar su sexenio la Subsecretaría de Administración Tributaria de Nuevo León le congeló las cuentas a sus colaboradores Manuel Vital, exsecretario de Desarrollo Sustentable y a María de los Ángeles Errisúriz, exsecretaria de Educación. 

Cuando lo recomendable era aclarar su situación legal, prefirió seguir haciendo memes en Instagram y Facebook, con un comportamiento infantil que rebasaba el cinismo. 

Como exgobernador de Nuevo León, cuestionado por la opinión pública y con todos en su contra, Jaime Rodríguez Calderón, alias el Bronco, siguió tan campante como si nada. 

¿Que bajo ninguna circunstancia volvería a buscar un cargo público y mucho menos alardear con otra candidatura presidencial? Lo hizo.

¿Que lo menos prudente era aparecerse ante los reflectores y polemizar a su estilo en redes? Lo hizo. 

¿Que lo menos conveniente era negarse a comparecer ante el Tribunal Electoral? Se negó. 

¿Que tarde o temprano tendría que rendir cuentas de sus errores dolosos que cometió a lo largo de su controvertido sexenio? Las está rindiendo. 

Dicen que el Bronco no hizo nada derecho. Hoy está quebrado. Y en una celda. 

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