La zona del silencio electoral

Paco Villarreal

Esta semana, ¡por fin!, terminan las campañas. Llega la zona del silencio electoral. Hasta ahora, como buen etario de 60 y más, me he mantenido con un ojo al gato y otro al garabato. Por un lado, estuve al pendiente de las ambas dosis de mi vacuna que, por cierto, son como un placebo de la esperanza, porque no me garantizan inmunidad contra el Covid-19 y sus mutaciones; tampoco me liberan de la cuarentena, y menos aún me aseguran sobrevivir a la alta probabilidad de un eventual contagio. Entiendo. Se apuesta a la inmunidad de la manada. Pero todos sabemos, o deberíamos saber, en dónde se ubican los lobos viejos cuando la manada peligra… Y “lobos viejos” no es lo mismo que “viejos lobos”, como “vieja política” no es lo mismo que “política vieja”, ni neurolingüística es igual que lingüística neurótica.

Por otro lado, he estado recibiendo información directa e indirecta de parte de pinchemil sujetos y sujetas que buscan un cargo de elección popular. Lo de costumbre, pero en campañas como intoxicadas con alguna de esas bebidas energéticas que usa la “generación de cristal” para no acabar con la manicura arruinada y el gel derretido en una borrachera de más de 4 horas… estas patéticas sílfides del reventón irían por sus propios medios del “Matehuala” directo al Semefo en un par de horas.

Yo ya finiquité mi deuda con el programa epidemiológico, a costas de secuelas inocuas pero harto molestas. No supe si me pesaron más las dolencias consecuentes con cada dosis o la burlona mirada de mi madre, octogenaria, que sólo se quejó de “comezoncita” en cada pinchazo. Pero mi deuda con la democracia no la acabo, ni la acabaré jamás. Mamá tampoco. Nadie.

Mamá ha sido priista toda su vida. Mis abuelos también. Yo no he tenido preferencia fija ni militancia con algún partido. No me han desheredado por eso, ni yo he repudiado a mis ancestros. En y tras cada elección, hemos compartido la mesa sin mayores discusiones que por el uso excesivo del salero (yo). Mis abuelos ya no están. O sí están de alguna manera, pero ya no votan. Mamá está, y vota, y exige que, a pesar de algunos inconvenientes logísticos, debemos llevarla a votar. (“¿Por el PRI, mamá?”, “El voto es secreto, ¡qué te importa!”).

No anticipo su voto. Pero por como la he visto durante estas campañas, imagino que no votará por todos los candidatos del PRI…, ¡si es que logra identificarlos entre alianzas, declinaciones, inclinaciones, logos repintados y palimpsestos ideológicos! Ella está bastante harta de todas las campañas. Aunque no es su costumbre, la he escuchado responder ¡a la TV!, a varios candidatos y partidos en términos como “¡Ya mejor cállate!” o “¡Embusteros!”. No he querido ir más allá para saber a quiénes se refiere. No importa. No hay partidos en la lid electoral sino dos regímenes enfrentados. Da igual de qué color se pinten o a qué coalición se encomienden. Mamá, como muchos mexicanos, está perfectamente confundida. La han obligado a abandonar sus convicciones como militante partidista para, ¡por fin!, ponerse a pensar tanto en los candidatos como en sus propuestas. Y no la veo convencida ni de los unos ni de las otras, y vaya que unos y otras son lo mismo. La diferencia es la rienda y el fuete si acaso.

Ella no lo ve claro, pero creo que su confusión es porque de pronto se ve en la disyuntiva de votar sólo por dos propuestas, que ni siquiera son partidos políticos. Para muchos etarios de 60 y más o menos, no caben dudas. Sabían (sabíamos) hace mucho tiempo que la política en México ya no tiene convicciones, es una farsa. Esto ya es un asunto de Economía. La proteína partidista se agrupó en dos facciones que, al estar sustentadas primordialmente en un proyecto económico, están bastante lejos de la idea básica de una representación democrática. En ambos casos, la pirámide social se sostiene muy precariamente, pero al revés, invertida apoyada en su cúspide gobernante. Las dos opciones han quedado clarificadas bastante bien durante estos últimos años. El populismo de la 4T (Sí, es populista, no nos hagamos güeyes), se equilibra a duras penas como funambulista. La otra opción, no populista sino elitista (Sí, es elitista, no nos hagamos güeyes), es mucho más hábil; el agudo vértice no tiene qué equilibrarse, sólo se clava, como un puñal, así como ha sido toda la vida.

No sé por quiénes votará mamá. No espero que me lo diga ni voy a preguntarle. Sé que no será fácil para ella, porque ha estado siendo acribillada por campañas que no apelaron a la esperanza ni a la razón sino al odio y a la estupidez. Mamá igual se lamenta a voces por los afectados por el Tren Maya que por los campesinos despojados en Mina. Para esa base electora sincera cada vez más escasa, la que aún tiene la noción de que las elecciones democráticas son un logro revolucionario que se pagó con sangre, estas elecciones, las que llaman “históricas”, sí lo serán, pero por insólitas. Y creo que, por primera vez en su vida, esa gente irá a votar con miedo, no por su seguridad en las casillas, que ya ha pasado por esos trances, sino por la de todos bajo el gobierno que sea que se elija. Hay mucha confusión y la confusión no genera confianza.

Mientras tanto, creo que viene la fase más crítica de las campañas, esta zona del silencio electoral, y me temo que será la más activa y frenética. INE, tribunales, partidos, alianzas, periodistas, columnistas, sicarios, empresarios, funcionarios, chairos, fifís, todos empeñados en hacer una cirugía mayor, una ablación radical a la idea de Nación que tienen los demás… Carniceros metidos a cirujanos. Eventualmente, creo, cirujanos forenses.

paco villarreal

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