María Elena Chapa como promotora del arte textil mexicano

Eloy Garza González 

Recordaré una faceta que casi nadie cita de la grandísima María Elena Chapa, a quien tantos quisimos tanto. 

María Elena fue una de las pocas figuras célebres en Monterrey, que hace varias décadas llegaba a las ceremonias públicas portando un hermoso huipil. Ahora es muy común, pero antes, entre la “gente bien” era casi una extravagancia. 

María Elena estaba muy orgullosa de la indumentaria de los pueblos originarios. Incluso no era usual que en el Senado, las legisladoras subieran a tribuna vestidas con un huipil o un rebozo muy a la mexicana (eso lo dejaban casi exclusivamente para los 15 de septiembre o cuando una señora “de alta sociedad”  quería disfrazarse de doña Esther Zuno de Echeverría). 

Los huipiles comenzaron a usarlos en la “Máxima Tribuna de la Patria” María Elena Chapa, Beatriz Paredes y Dulce María Sauri, entre otras cuantas. Sin embargo, fue María Elena quien las portó siempre con más elegancia. 

El redomado macho heteropatriarcal llamado César Augusto Santiago, quien además es una lengua viperina, las apodó “las inditas”. 

Por de más está mencionar que las tres valientes legisladoras le hicieron ver su suerte a César Augusto y nunca le perdonaron su afrenta (bien hecho). 

Sin embargo, María Elena fue más allá en su gusto por lo mexicano. Hizo de su despacho en el Barrio Antiguo de Monterrey una especie de sala de exhibición de arte tradicional. 

Lo decoró con artesanías y óleos con motivos mexicanos. Un mini museo. Y el dato más revelador: a María Elena se le ocurrió un día teñir parte de los muros de su oficina con el tinte llamado cochinilla. 

Se valió para ello de un artesano mixteco, si mal no recuerdo, a quien le decíamos Don Juan (no el de las “enseñanzas” porque ese era yaqui no mixteco). 

La cochinilla es un animalito muy común en Oaxaca pero también en ciertos pueblos de Nuevo León, que se da en los nopales y se junta en forma de algodón. 

Cuando uno agarra al animalito y lo despanzurra en la palma de la mano, se desprende un color entre rojizo o rosa, y quizá de ahí viene el nombre de “rosa mexicano”.  

El experimento de María Elena, al menos en su primer intento, no nos salió muy bien. Se ocupaba mucho tinte y la pared no “agarró” adecuadamente el teñido. 

Para quien quiera saber más sobre la cochinilla, pregúntele a Ericka Carmona, promotora del arte textil. Ella y yo viajamos al Istmo de Tehuantepec para conocer el uso de este tinte milenario. 

Lástima que María Elena Chapa no alcanzó a conocer a Ericka, se hubieran caído muy bien porque ambas cultivaban una afición genuina por los huipiles. 

Guardo fotos donde se ve mi mano cometiendo el vil asesinato de la cochinilla, desmenuzándola en mi palma, junto con otro animalito llamado caracol púrpura, mezclados con toronja. Un universo casi microscópico de colores. En fin, todo sea por el arte y por mantener la memoria de nuestra gran amiga María Elena Chapa. QEPD. 

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