Paco Villarreal

Los jamones y los spots de radio

Paco Villarreal

Hace algunos años, recuerdo haber leído por ahí que el entonces Instituto Federal Electoral asesoraba a otros países para implantar sus propios sistemas electorales. Tal vez no haya sido la octava maravilla, pero era un avance significativo en los procesos democráticos. Y como creo que pasa con todos, me daba esa falsa sensación de superioridad nacional, como cuando gana la “Selección”, o Yalitza Aparicio se placeaba en los Óscares. La idea de que México exportaba asesoría sobre la compleja industria de la democracia imponía respeto, y desde la “oscuridad de la casa” yo veía con placer nacionalista a los países “encandilados” por nuestro IFE. ¡Qué padre! Pero tanto orgullo gratis me hacía olvidar que en realidad nuestro ejemplar sistema electoral ni era tan bueno ni era de oquis. Me hacía pato (o ganso, como se estila ahora), soslayando lo que todos sabíamos y todos veíamos en la realidad.
Como registro de ciudadanos con plenos derechos el IFE era muy eficiente, y lo es ahora como INE. Como emisora de una cartilla de identificación universal, ha facilitado los procedimientos burocráticos y ha impulsado la economía de las tienditas donde tenemos que ir a sacar copias a cada rato. Como empresa organizadora de eventos masivos es bastante buena. Pero ni el INE ni los tribunales electorales han llenado las expectativas de los votantes. Los resultados de las elecciones más importantes acaban decidiéndose en un “petit comité” de magistrados (en el mejor de los casos) que son estrictos en la interpretación de las leyes, pero no siempre en la conveniencia de los ciudadanos.
Todo cabe en nuestro maravilloso sistema electoral. Las viejas prácticas de mapacheo sólo han evolucionado. La compra de votos sigue siendo obvia, pero los partidos son cada vez más evasivos en cuanto a punibilidad y en la manera de inducir el voto. La decisión frente a la urna ya no tiene qué corresponder a un pago en efectivo, también responde a otras técnicas de manipulación. Por ejemplo, cuando va a haber elecciones, en todos los niveles de gobierno la inversión en obra y campañas sociales desde el erario se intensifica. Aunque esto es un poco azaroso, sí funciona. Es como sembrar “al voleo”, algunas semillas germinarán. Total, ningún político ni partido empobrecen con esta técnica. Es dinero público.
Nuestro “perfecto” sistema electoral también es tolerante con las campañas sostenidas sobre mentiras. No es una técnica moralmente aceptable, pero ya sabemos que en la política mexicana la moral es prescindible. Las atrevidas afirmaciones de bonanza, riqueza y paz social que pregonan algunos spots partidistas, se desmoronan frente a la realidad histórica. Decía mi agüelo que “hay rateros jodidos, pero no hay políticos pobres”. Los escándalos de corrupción, abusos e impunidad acumulados por varios sexenios dan fe de que los objetivos no son el “bien común” sino el escamoteo de los bienes de la nación. Cada que escucho promocionales con autoelogios partidistas que, de ribete, nuestra prístina ley electoral obliga a divulgar gratis, me dan agruras porque se me atragantan las mentadas.
Y si todo ese apapacho no fuera suficiente, me entero que la Comisión de Quejas y Denuncias del Instituto Nacional Electoral, ordenó que las concesionarias de radio no adviertan a sus oyentes que la publicidad de partidos no la pagan los partidos sino la impone la ley. Bueno, pues sea cual sea la razón de ese inserto de las concesionarias, no estaban diciendo una mentira (los spots de partidos sí son digamos… subjetivos). Incluso yo hasta diría que lo hacían en legítima defensa, al diferenciar sus pautas comerciales de las que ordena la ley. La imposición de contenidos políticos a la mitad de una emisión, con o sin advertencia de por medio, rompe la planificación del programador de la estación que debe ser meticulosa y ejecutarse con precisión. Salpicar la programación con pauta política, de gorra, y además sin advertencia, rompe con la “magia” de la radio (que la tiene) y decepciona al radioescucha que no sintonizó la estación para escuchar eso.
La decisión del INE me parece inapropiada, porque además de censurar una información incuestionablemente verdadera, no consideran que la advertencia no se hacía selectivamente, sino que era aplicada a todos los “comerciales” partidistas. No había dedicatoria y, en todo caso, daban a la audiencia elementos para cuestionar a la Ley Electoral, no a los partidos. Eso no desequilibra las campañas políticas y es perfectamente válido en una democracia. La gente que ya tiene una percepción negativa sobre los partidos políticos no la sacó de un inserto emitido por radio, sino de su propia experiencia tanto con los gobiernos como en las elecciones. A mí, por ejemplo, son los spots y no las advertencias lo que ennegrece mi percepción de los partidos.
Pero como es cosa juzgada, cercana a la ley y ajena a la gente, el INE y los tribunales electorales parece que tienen la consigna de que a los partidos no se les toca ni con el pétalo de una rosa. En cambio, al elector sí se le puede saturar con información falsa y prejuicios. Ni modo, tendré que aguantar que interrumpan a mi locutor favorito para que, de sopetón, me digan que sí saben gobernar, que con ellos estaré mejor, que quieren mucho a los viejitos y a las mascotas, que los otros son malos y feos, y así… Y como al INE le vale sorbete que me manipulen y me mientan, y la pauta política se mete a chaleco en medio de la pauta comercial, creo que todavía hay esperanza… Como con los quesos y jamones falsos, ¡hay que apelar a la Profeco! Porque el INE cuida que nos vendan un producto que si no funciona ya no podremos devolver, y que, por lo visto, hasta tendremos que comprar otra vez, y otra vez, y otra vez…

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