Scherer y Gertz Manero: ¿quien es la presa acorralada?

Eloy Garza González 

Les contaré una anécdota de quien es actualmente el mayor villano bélico, o el héroe de una batalla heroica, de acuerdo el bando en donde el lector se ubique. Se llama Vladimir Putin, invasor de Ucrania, o libertador de ese país (según el bando será la pedrada). 

Me remontaré a los albores de su presidencia, en el lejano año 2000. Putin charla frente a una cámara de televisión y se siente relajado, distendidamente sonriente. 

De improviso, Putin platica su vida como joven soviético en sus horas más bajas y lanza una especie de fábula con una rara moraleja. 

Putin cuenta sus vivencias con las ratas. En su departamento de San Petersburgo, que en aquel entonces se llamaba Leningrado (en honor a Lenin), Putin y sus padres vivían en un departamento asolado por las ratas. Cocina, cuarto y baño estaban repletos de roedores. 

El adolescente Putin las correteaba con un palo de madera. Era su diversión y su forma de contribuir a la tranquilidad familiar (las ratas te quitan la tranquilidad porque suelen morderte los pulgares de los pies y trasmitirte graves enfermedades, lo digo por experiencia propia). 

Putin se explaya frente a la cámara con su historia sobre la noche en que persiguió a una rata casi del tamaño de un gato. 

La siguió fatigado aquí y allá por todo el departamento hasta que pudo acorralarla en la esquina del baño, a un lado del lavabo. 

Putin vio en los ojos de la rata terror y odio al mismo tiempo. Un odio desenfrenado y digamos que diabólico. El odio del ser aterrorizado que comprende que no tiene escapatoria; que se enfrenta a una muerte inminente, que no tiene alternativa ninguna. 

De buenas a primeras, la rata le saltó en la cara a Putin. Casi le muerde el cuello y le araña las mejillas. Le hizo sangrar con sus uñas y dientes afilados. De cazador, el muchacho se había convertido en presa.  

Putin alcanzó a sacudirse la rata furiosa, la arrojó al suelo y salió presuroso por la puerta cerrándola de golpe. Aún es fecha que le parece oír a la rata pataleando por el baño, envalentonada, en busca de pelea. 

La moraleja de Putin es simple pero maquiavélica: “nunca acorrales a tu enemigo. Atrapado sin salida, es capaz de todo por salvar su pellejo”. 

Julio Scherer, ex consejero jurídico de presidencia con López Obrador, quien renunció en agosto pasado, ha iniciado (o continuado) un pleito inclemente en contra del fiscal general Gertz Manero. 

Hay en ambos, aparentemente, tráfico de influencias, abuso de autoridad, posible malversación de fondos, amenazas, chantajes y uso del poder público con fines privados. 

También hay muchos millones de pesos no declarados, departamentos en grandes ciudades, y un odio visceral que crece y no ha llegado a la cresta. Esta semana será decisiva para la contienda que ya asen ja serie de televisión. ¿Quién ganará tan brutal pleito entre dos gladiadores? 

Pronto lo sabremos. Pero entre las patas de los caballos se han llevado sin deberla ni temerla a la exsecretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, una servidora pública que no merecía ser involucrada en esta guerra sin cuartel. 

¿Por qué lo hacen? Quiero especular el motivo: usar a doña Olga como carnada para una posible negociación entre ellos y acabar en un arreglo que pare la aguerrida contienda, sacrificando a un tercero, en este caso a la senadora. 

No se trata de ver quién es el culpable y quién es la víctima entre Scherer y Gertz Manero. Nada más. Doña Olga deben dejarla al margen. No se vale que la involucren en sus intrigas. 

Ambos son los malos de esta película larga y truculenta. Se trata de ver quién es la presa acorralada y quién acabará saltándole en la cara al otro, con las uñas y los dientes afilados. 

Queda el consejo de Putin: nunca acorrales a tu presa. ¿Y qué tal si los dos, Scherer y Gertz Manero, perseguido y perseguidor, están acorralados en el mismo rincón? 

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