A sobar el chipote | Paco Villarreal

Paco Villarreal

No es que sea (tan) paranoico, pero me parece demasiado casual que dos periodistas acreditados por medios nacionales “no alineados” sean agredidos el mismo día en dos municipios priistas, y por las corporaciones de seguridad pública. Uno lo fue en Monterrey, otro en Guadalupe, uno colabora en Proceso, la otra en La Jornada. No abundemos en los detalles, que deberán ser precisados en las denuncias que, necesariamente, deben interponerse en ambos casos. Además de eso, la privación de la libertad, a todas luces ilegal, y la cereza confitada de una consignación por “desacato” (¿neta?), no parecen tener más propósito que la intimidación.

Es posible que el fondo de estas acciones policiacas no exista una línea política. Todo indicaría que los policías en cuestión sólo se cubrían las espaldas para no ser puestos en evidencia… por lo menos en uno de los casos. Pero existe la posibilidad de que esto pueda descender hacia profundidades políticas porque coincide con estos tiempos, cuando se definen candidaturas locales. Y precisamente en el PRI, donde hay definiciones tan “fraternales” aunque tan poco democráticas.

Adrián de la Garza, en teoría, no está al frente del gobierno de Monterrey, casi está en campaña. Digo “en teoría” porque en los hechos no creo que deje de mantener el control del municipio; sería tonto si lo dejara, para las campañas es indispensable. Cristina Díaz aún es Presidenta Municipal de Guadalupe, sigue al mando ocupada sistemáticamente en difundir acciones sociales que si no son campaña sí son necesarias, y además muy útiles ante una posible reelección.

A ninguno de ambos les conviene un enfrentamiento con la prensa, menos aún con prensa “no alineada”, es decir, esa que es más difícil de convencer con argumentos discretos y no convencionales para que omita información. ¿Más claro? ¡La que no digiere tan fácil el chayote!

El horno priista no está para bollos, ni para bolillos, ni siquiera se tomaron la molestia de encenderlo para cocinar, en frío, una ensaladita ligera con el ingrediente de temporada, de todas las temporadas electorales: la “unidad”. Esa “unidad”, como la de MC, incuestionable pero inverosímil. Pero hay que agradecer que los priistas no se pusieron guantes de boxeo. Es absurdo cuando no hay un “referee” que levante la mano al pugilista “triunfador”, o cuando los jueces de la pelea son impresentables. ¿Tenían otras opciones? Las tenían. ¿Eligieron lo mejor? No estaría tan seguro. Por eso la “unidad” priista, de alarmante raigambre medinista, debe tratar de mantener la fiesta mediática en paz. De por sí dentro del priismo nuevoleonés, unido y todo, debe haber una “fiesta” confinada, bastante incómoda y con cubrebocas reforzados.

Entonces, ¿qué pasó con estas dos privaciones de la libertad contra periodistas? La advertencia es clara: línea dura contra periodistas. Represión a secas. Pero, ¿es una línea dictada por esas dos administraciones municipales? No, no lo creo. Serán permisivos, pero no tontos. Sin embargo, ya en campañas electorales, será muy conveniente, para cualquier eventualidad, para mantener a raya al periodismo inquisitivo y bocón. No serán elecciones cómodas para nadie. La epidemia y los ánimos pacientemente caldeados durante dos años proyectan un escenario a punto de ebullición. La cobertura periodística de las elecciones no será fácil. Así que esta represión a periodistas es un mal presagio.

¿De dónde viene entonces este acoso? Aparentemente de los propios policías. No creo que sea por exceso de celo, y significa más que sólo por cubrir arbitrariedades. Me inclino a pensar que estos hechos muestran corporaciones policiacas con una peligrosa autonomía. El asesinato de unos albañiles potosinos perpetrado por oficiales de Fuerza Civil es un sangriento botón de muestra. El liderazgo civil del gobernador y los presidentes municipales se tambalea en las corporaciones organizadas como milicias nada cívicas.

Aunque ha habido un gran esfuerzo estatal para la formación de policías profesionales, parece que en la práctica dejan de ser oficiales de carrera para convertirse en simples tropas mercenarias. Quiero pensar que no todas las corporaciones policiacas, ni todos los policías municipales o estatales son así. Pero en el plato se notan más los “prietitos” del arroz… y se rechaza todo el plato.

No es imposible mantener bajo control un grupo de corte militarizado con carencias de valores y ética. Por lo menos se deben imponer espartanamente dos cosas: obediencia y disciplina. Pero parece más fácil castigar, correr o procesar a unos cuantos oficiales de vez en cuando, que meter en la cabeza de la tropa (sobre todo en los mandos) la noción de que son servidores públicos civiles, no paramilitares. Esa autonomía, ya sea individual o colectiva, animada ya sea por grupos internos o externos a las corporaciones, es ya una amenaza para el periodista y también para la población.
Tenga o no repercusiones políticas el acoso policiaco a estos dos periodistas, el tema es urgente, para las administraciones municipales y estatal. Por lo pronto, y a reserva de que cada municipio se pronuncie y tome medidas sobre ambas arbitrariedades o sólo guarde silencio, me temo que se impondrá el criterio clásico y fodongo de toda área de comunicación social: sobar el chipote, o sea atiborrar medios y redes sociales con notas municipales positivas. Y aquí no pasó nada.

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