Lo que pasa en un motel no siempre se queda en el motel

Eloy Garza González

Casi nadie toca el tema porque somos una sociedad hipócrita, pero la realidad con sus cosas buenas y malas existen aunque cerremos los ojos. 

Los moteles tienen mala fama. Y con razón: los clientes no se registran con sus nombres, por razones obvias. En otros países como EUA no existe la denominación de moteles sino simplemente hoteles de paso: los clientes, por norma general, se registran. Aunque inventen sus nombres. 

Otro rasgo de un motel es que suele ubicarse en las afueras de la ciudad y sus habitaciones se edifican para menesteres nada edificantes. 

Son habitaciones autónomas, con su propia cochera. Entra el carro y se cierra el portón de la cochera. 

No es infrecuente el caso de parejas que se han quedado encerradas todo un día porque el portón se trabó y los clientes no se atrevieron a pedir ayuda. 

En ciertos días de asueto, los moteles se saturan, formando largas filas de vehículos. Carros del pecado que llevan la impenitencia. 

Entonces sucede que en la fila se saludan amigos, compadres y a veces miembros de un mismo matrimonio en vehículos distintos. A falta de unión familiar, los encuentros por casualidad. 

Resulta usual que el (o la) copiloto del vehículo se arroje al suelo para esconderse de las miradas indiscretas. O se tape la cara para al rato destaparse la honra. A veces el morbo provoca malas pasadas. 

En otras ocasiones (raras pero suceden) algún cliente muere de forma natural o enferma gravemente en una habitación motelera, y la familia tiene que pagar los platos rotos ya no en el acto sino después del acto. 

Muy célebre fue en los años 80 un película argentina en la que los clientes de un motel (edificio de varios pisos) quedaron encerrados a causa de una inesperada cuarentena. Pasaron días y luego semanas y lo que comenzó como una libidinosa noche de placer derivó en una escandalosa semana de affaire. 

El voyerismo deja de ser divertido cuando el voyerista pasa (si no lo pretende deliberadamente) de mirar a ser mirado. 

Un hotel puede convertirse con el tiempo en decrépito motel y hay leyendas urbanas de que los espejos en habitaciones moteleras en realidad son ventanas oscuras. O que las pantallas de televisión (como aquel mal chiste contra los soviéticos en la Guerra Fría) sirven no para que la veas sino para que te puedan ver. 

Algo así cuenta en su libro Voyeur´s motel (2016) uno de mis periodistas preferidos (que aquí nadie lee pero es grande entre los grandes y para mí un gurú): Gay Talese. 

Los moteles no viven actualmente sus mejores épocas, no porque repentinamente volvería la moral a la buena gente, sino porque el crimen organizado campea en espacios poco vigilados. Y un motel es un espacio poco vigilado, propenso a ser escenario de delitos. 

No siempre fue así. Y no en todas las ocasiones tiene que ser así. 

Termino mencionando una historia de terror. Sucedió en un hotel de paso. Una muchacha llevaba varios días desaparecida. Su último rastro estaba ahí, justamente en el perímetro del hotel. Las autoridades revisaron varias veces las instalaciones y no hallaron nada. 

Finalmente, se descubrió el cadáver de la desaparecida. Había sido arrojada a la cisterna del hotel. El cuerpo flotaba en las aguas con una profunda contusión craneal. El padre de la víctima movilizó los medios para dar con los culpables. Siguen abiertos las pesquisas desde 2013.  

Todo se narra al detalle en una serie de televisión. Se llama Hotel Cecil, documental que puede verse en varias plataformas de streaming.

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