Los gorrones no son cosa de risa

Eloy Garza González

¿Conoce el lector a algún gorrón? Solemos festinar al espectador que se cuela sin pagar en las salas de cine, al usuario que no deposita la tarifa en el camión urbano.

Chismeamos con un dejo de gracia sobre la familia que pone “changos” en su casa para ahorrarse electricidad, sobre el gorrón que cena en una boda sin ser invitado por los novios, sobre el cliente que huye de un bar sin pagar la cuenta.

Este tipo de anécdotas nos hace retorcernos de la risa. Nos da mucha gracia. 

¿Más jocoso será el individuo que se beneficia de un bien público pero que no está dispuesto a pagar por él?

Líderes sindicales que no aportan las cuotas a su central obrera (pero derrochan las de sus afiliados).

Directivos de la CFE que no pagan el consumo eléctrico en sus casas.

Tan común es el colado, el polizón, el vivales, que el lector recordará al gran compositor Chava Flores y su famosa canción: “Los gorrones”.

¿Pero qué pasa cuando el peor free-rider es el propio servidor público?

¿Cuando el mayor vivales es un político? ¿cuando el polizón de un barco es el propio capitán del navío?

Algunos teóricos suponen que el free-rider, el gorrón, es un “fallo del mercado”, cuando en realidad es el principal “fallo del gobierno”.

El alto jerarca gubernamental no suele pagar servicios básicos; un político poderoso cuenta con más de 100 agentes de seguridad personal, avión y helicóptero, vehículos blindados, decenas de asistentes a su servicio y al de su familia.

Bienes públicos utilizados como bienes privados.

No es extraño el resultado de recientes encuestas a adolescentes mexicanos: 80% sueña con ingresar al servicio público, es decir, quiere ser político.

El problema es también aspiracional: si todos quieren ser gorrones, nadie estará dispuesto a colaborar socialmente.

Pocos estarán dispuestos a pagar impuestos; les será más redituable formar parte de los abusivos.

¿Para qué correr riesgos como inversionista de un negocio privado, si como funcionario puede manejar discrecionalmente recursos públicos?

Asistimos a la consagración del free-riders, es decir, a la canonización secular de los gorrones.

Y por más que podamos bromear y retorcernos de la risa, el problema de los gorrones es uno de las más graves del país.

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