Samuel García en el mercado de Mariana

Eloy Garza 

Llego al parque Fundidora sofocado. Quisiera ser escolta de un fulano importante para no tener qué caminar tanto, pero nací peatón, ese espécimen raro que suele usar sus extremidades inferiores para desplazarse y que ya no está de moda porque ser ciclista es lo de hoy.

Al cabo de unos minutos, exhausto, con mi último aliento, alcanzo a preguntarle a un guardia: “disculpe, guardia, ¿dónde está el “Mercado de Mariana Rodríguez?” 

Y el guardia apunta con el dedo a un letrero gigante que dice: “Mi Mercado by Mariana Rodríguez”. Deduzco astutamente que es aquí. Ya fregué. 

Larga fila para que los visitantes chequen su temperatura y untarte gel en las manos. Fluye rápido. Adentro un enjambre de gente. Sobre todo chavos. Es domingo, día en que los políticos se echan a dormir o a viajar a otros países en sus aviones particulares a jugar a la ruleta en Dubai. 

Pero francamente, apenas entro a la Nave Lewis y me topo con dos personas inesperadas. Samuel García y Mariana Rodríguez. Supongo que Samuel está recién llegado de la Convención Nacional de Movimiento Ciudadano donde su partido (o Dante) rechazó sumarse a una alianza opositora para la contienda presidencial de 2024. 

Ahí Samuel pidió en su speech aprender de los errores de los partidos tradiciones y hacer lo necesario para no repetirlos. “No tenemos límites” dijo entre aplausos. Yo sí tengo límites sobre todo cuando me da sed y me compro un bote de agua. 

Frente a Samuel y Mariana, en la Nave Lewis, una constelación de admiradores (ahora les dicen fans) queriéndose tomar la selfie con ellos. Y la pareja de Palacio de Cantera amables, solícitos. Es una forma de hacer política que usa Instagram y TikTok. Y la paciencia. Las campañas enseñan a ser paciente. Algunos artistas de la farándula no lo son y por eso los critican en los talk shows. 

Llevan horas Mariana y Samuel saludando, dejándose fotografiar, intercambiando unas palabras con los cientos de curiosos que se les acercan. Más allá, los stands instalados en corredores a derecha e izquierda. Marcas de chocolate, sombreros, bisutería, zapatos y los incomparables tenis “Fosfo Fosfo”. A mi no me alcanza la cartera para tanto. 

Veo en los racks el logo de Nuevo León, con su estilización dorada e impresa en camisetas, playeras polo y sudaderas. Los ingresos irán al DIF. Convencido de la noble causa me compro finalmente tres playeras y se las regalo a unos niños humildes. “¿Qué van a hacer con ellas?” Les pregunto con el candor que tenemos los viejos ingenuos. “Venderlas”. Pues bueno. 

Es domingo y la familia de Samuel y Mariana están aquí. Cada uno atendiendo un stand. Y los comerciantes en sus espacios rentados a buen precio. Me acerco en una esquina a un vendedor de pulseras de tejidos huicholes. Es lo que a mi más me atrae: nuestros pueblos originarios tan relegados en las esquinas. 

Me dice el vendedor en su español pedregoso que es de Tepic. Borda él mismo sus pulseras y usa una camisa bordada también con motivos huicholes. 

Una vez, invité a una señoras wixárikas y me las llevé al restaurante que yo tenía en San Pedro. Vendieron lo que nunca antes. Les fue muy bien. 

El regiomontano ve a nuestro pueblo indígena en la calle y no le presta atención alguna. Pero les damos cierto espacio en la cara zona Valle y nuestros hermanos de los pueblos originarios se ganan lo de varios meses. 

Todo un arte eso de tejer pulseras, collares y arracadas y mercadear en el lugar correcto, que es el de alto poder adquisitivo. 

Termina el “Mercado de Mariana” en la Nave Lewis a las 9 de la noche. A recoger changarros y, como dice mi ídolo Joan Manuel Serrat (quien ya se cansó de las giras y se despide de los escenarios): “Se acabó, / El sol nos dice que llegó el final, / Por una noche se olvidó / Que cada uno es cada cual. / Vamos bajando la cuesta /Que arriba en mi calle / Se acabó la fiesta”. O a la mexicana: aquí se rompió una taza y cada quien para su casa.

Yo tengo que mentalizarme que regresaré caminando por donde vine porque no hallo carrito de golf que me de raid a las puertas de Fundidora, ni veo a mi amigo Jesús Horacio González que las puede aquí en el parque y suele compadecerse de los caminantes encalmados que avanzamos paso a pasito con cara de Santo Cristo en su viacrucis.  

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