¿Un delator en Palacio Nacional?

Eloy Garza

Tan detestable es la palabra en el mundo hispano, que en inglés suena a heroísmo y en español suena a traición. De hecho, nuestro idioma no tiene su equivalente a la palabra en inglés:  whistleblower

La traducción más próxima del inglés sería “alertador”, aquel que filtra a la opinión pública secretos del gobierno al que pertenece. 

El origen de la palabra proviene de los policías británicos que soplan sus silbatos para avisar de un delito descubierto “in fraganti”. 

En español nos gusta más usar sus sinónimos en sentido negativo, casi peyorativo: “delator”, “soplón”, o peor: “traidor”.  “Se peinó”, dice también el argot urbano. 

En México no suelte estar bien visto ser delator. Para muchos mexicanos, un delator es un traidor. Un soplón es un mal nacido: un chaquetero.

Nadie entre nosotros aceptaría ser considerado un delator. Se sabe que los “alertadores” merecen ser marginados por defraudar la confianza de sus jefes.

Muy pocos considerarían como héroe a un funcionario que delatara expedientes secretos o asuntos familiares del gobierno del Presidente López Obrador. 

El poder sería tajante con él: “lo hizo por dinero”, “porque lo corrieron”, “por vengativo”, “por protagónico”. 

Hemos tenido casos contados en la historia reciente de delatores. Y olvidamos que muchas veces el delator presta un servicio a la libertad de prensa e incluso a la justicia a secas. Todo poder merece ser escrutado, revisado, criticado y en su caso, sancionado. 

De ahí que en México se sustituya la práctica del whistleblower por el simple ejercicio del informante anónimo. Y en muchos casos, la delación consiste en “pasar el chisme”. O sea, se le baja de categoría. Se le exprimen cualquier gota de heroísmo. 

Ciertos artículos entonces se convierten en las cartas envenenadas que un político envía a otro político: suelen ser su correa de transmisión para atentar en contra de la reputación del contrario.

Somos seguidores folclóricos de la frase del Cardenal Richelieu en contra de los delatores: “Denme seis líneas escritas por la mano del hombres más honesto, y yo encontraré algo para hacerlo ahorcar”.

Apenas aparezca públicamente el nombre del delator (como sucederá), comenzaría una campaña de linchamientos. 

En México ser un delator es una de las variantes de la soledad. Yo doy mi voto de confianza a los delatores. A su manera, pueden ser también patriotas. 

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