¿El día en que yo me muera, no voy a llevarme nada?

Eloy Garza González

Ayer fue 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos. Yo aproveché el asueto para reflexionar que si en un futuro llego a morirme (ando viendo la posibilidad de que no, pero uno nunca sabe), no me quiero ir al cielo; me quiero ir a Oaxaca. Aunque sea en calidad de alma en pena. 

Y más específicamente, quiero irme a vivir (bueno a vivir después de muerto) a San Antonino Castillo Velasco. 

Definitivamente este pueblo no es el cielo, porque hace más calor que allá arriba y uno suda la camisa igual que en Monterrey (sobre todo si eres jugador de Tigres). 

San Antonino está lleno de piedras, pero abundan más los magueyes que las piedras. 

Y hay unas viejitas zapotecas, de dedos mágicos y boquita susurrante, que tejen los huipiles más elaborados del mundo, y vestidos con sus pliegues y tableados, mientras hablan por celular.

Yo no tengo problemas con que las tejedoras zapotecas usen celular. Merecen sacudirse la malhadada superstición de que lo ancestral siempre es mejor que lo moderno. 

Más si saben bordar huipiles para exportarlos. Las doñas digitales usan una técnica de bordado tan complicada que la bautizaron como “hazme si puedes”. 

Bordan imágenes de rosas, claveles, capullos de azucena, nomeolvides y aretillos sobre la popelina. 

Tejen los bordados entre muchas comadres y tardan más de un año en terminarlos. Para ese tiempo ya se aventaron todos los chismes de Ocotlán y de los quinientos y tantos municipios de Oaxaca. 

Entre chisme y chisme, bajita la mano, nace una prenda deslumbrante y de acabados perfectos. 

En Monterrey, en cambio, entre chisme y chisme lo único que nace es un agarrón de greñas entre influencers y tiktokeros. 

El día que me muera me gustaría renacer en forma de pez y morder la carnada del gusano de mezcal. Y así, sin más, cómo ánima sin pena, alojarme en San Antonino. 

Sus mujeres son tan pacientes para bordar, que parecen aguardar la eternidad y un día. 

Y para vivir en el paraíso (esa resplandeciente mentira), hace falta una pizquita de paciencia, que es como confiar en el olvido de sí mismo.

El día en que yo me muera, no voy a llevarme nada, como dice la canción, pero sí les ruego un pequeño esfuerzo. 

Para mi cielo oaxaqueño les pediré, si no es molestia (de veras, no quiero incomodarlos), un aro de madera, unos ganchos para tejer a gusto, un atole de pinol bien para calentarme el gaznate y un celular para estar al pendiente de los chismes de Monterrey. 

Y es que incluso ya muerto, acá en Oaxaca, tiene uno que informarse de la vida, obra y milagros de esa gente exótica y fosfo fosfo que es la regiomontana.

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