La escuela y los husos horarios

Paco Villarreal

Me enteré que el senador Sergio Pérez Flores, para mayores señas, de Morena, pidió corregir una palabra en un dictamen sobre el que se discutiría la revocación de mandato. El legislador, con dos maestrías (una de ellas obtenida en Francia), una licenciatura, y una trayectoria como catedrático en una universidad mexicana, quería que, para determinar las zonas horarias en un artículo de la ley a discutir, se escribiera “usos horarios” y no “husos horarios”, como constaba en el texto. ¡No se burlen! La lógica más elemental, de primaria, nos sugiere que lo que se quiere señalar es el “uso” que le dan en cada región a los relojes: cuándo terminan la jornada laboral, a qué horas fulanita va por el pan, y a qué hora ya no tiene caso ir por barbacoa los domingos. ¿A quién le importa si otros ven en esa palabra el gajo, en forma de “huso”, que divide al globo terráqueo perpendicularmente al ecuador? Además, ya pocos saben lo que es un huso y menos para qué sirve. Es más, muchos hasta creen que el ecuador sólo es un país. ¿Para qué confundir a la ignorancia, tan ingenua y tan práctica? Criticar al senador, creo que morelense, me parece excesivo. Tanto como a aquel Secretario de Educación (Aurelio Nuño) que invitaba a los niños a “ler”. O al impresionante acervo literario de Peña Nieto. O al Borges de Vicente Fox. Es más, eliminar el “huso” por el “uso, hasta se inscribe en una posible política conciliadora, muy democrática, ahora que tantos aseguran que la Tierra es plana, que la pandemia de Covid es mentira, y que el Presidente se equivocó al decir que la clase media es egoísta… Sí se equivocó, pero por no eso sino porque la clase media, tan aguerrida y contestona, sólo es una chunga de sí misma, una ridícula burguesía nobiliaria.

Ya en serio (casi), no sé por qué pandemia pasó el Senador en cuestión, sin clases presenciales seguramente, que le dejó esa cicatriz en la educación elemental. Yo sabía de los husos horarios desde primaria. Ahí donde se nos enseñó (al menos a mí y a mi generación) que el botiquín de primeros auxilios contra la ignorancia debe incluir un diccionario. Lo que me lleva a considerar que uno de los efectos más devastadores de la pandemia es precisamente las fallas en el sistema educativo. Debo reconocer que en Nuevo León se hizo un esfuerzo importante por darle continuidad a la educación básica, a pesar de la poca experiencia y la inevitable improvisación. El deterioro académico no fue tan desastroso como el del senador. Aunque sí se descuidó el mantenimiento de las escuelas, de por sí sujetas al vandalismo y al embate del tiempo y los elementos. Y esta vez no fueron las “vacaciones grandes” sino meses de ausencia. Otro aspecto es que, a pesar de que los padres de familia intentaron cumplir con su parte, tampoco estaban preparados para enfrentar esta eventualidad.

Ahora se polemiza sobre el regreso a clases. Creo que no sólo es ese el punto. La epidemia, en México, evidenció que un sistema educativo poco flexible, incapaz de adaptarse rápida y eficientemente a una contingencia como esta… o como cualquiera. También mostró núcleos familiares inestables, poco preparados para relacionarse con los menores. Uno supone que la escuela es para educarse, y ahí está la lista de asignaturas donde, en Geografía, nos enseñan qué son los “husos horarios. Pero esa es sólo una parte de la educación. El tema importante es la socialización, el aprendizaje de las relaciones convencionales y sus reglas, la comprensión de las ideas de grupo y sociedad como organismos operativos, el entendimiento de que la “clase media” es ajena a la idea misma de humanidad, un artificio para cotizar nuestras aspiraciones en la bolsa de valores.

¿Deben regresar los niños a clases? No lo sé. Aunque no tengo muy vivo el instinto paternal, lo poco que me queda me dice que no. Es lo más elemental para una sociedad proteger a los grupos vulnerables así sea frente a la más inverosímil sospecha de peligro. Y los niños, como los ancianos, son los grupos de edades vulnerables, unos por nuestro deterioro físico, los otros por su inexperiencia. Sabíamos ya que los niños no sólo pueden enfermar por Covid-19, además son propagadores de la infección. Suponíamos que son resistentes a la enfermedad, pero a estas alturas muchas suposiciones se han desmoronado ante la realidad. La misma vacuna es evidencia de que no existe una cura contra el Covid-19, y que nadie está a salvo. Es decir: el riesgo sí es real y no sólo verosímil.

Pero por otra parte el confinamiento también causa estragos. En los viejos, la depresión, el esfuerzo diario por mantener la lucidez, no ceder ante encierro, tratar de verlo como retiro monacal y no cómo mazmorra. En los niños no es tan fácil redescubrir no sólo a la familia sino su lugar en el núcleo familiar. Eso es bueno, pero en otras condiciones. En estas circunstancias, la dinámica dentro de la familia debe ser distinta, y creo que hay muchos padres y madres descargaron muchas de sus responsabilidades en la escuela. Ahora no saben qué hacer con los niños todo el día y todos los días en casa. Para los niños no hay opciones: el encierro es un encierro. Si hacemos memoria recordaremos que el tiempo transcurre diferente en la infancia, al margen de los husos horarios. De niños, el encierro, la inactividad, la monotonía nos asfixia. La escuela es la manera de saber que no se vive en una isla doméstica, a veces desierta de atención, de respeto y de afecto.

Por esto la verdad no sé qué pensar sobre el regreso a clases. Si debe ser presencial o virtual o híbrido. Sé, eso sí, que debe revisarse a fondo el sistema educativo. Esto no debe volver a suceder. También que en las familias se ha tenido tiempo suficiente, y por lo visto se tendrá más, para revalorar el papel de los niños, incluso en la toma de decisiones. Porque sin duda hay padres y madres de familia que deben asistir a una escuela que les enseñe a serlo… Y políticos, a enterarse de qué son los husos horarios.

paco villarreal

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