Manuel Buendía: el periodista que traicionó a Alfonso Martínez Domínguez

Eloy Garza González

Hace unos días critiqué acremente un documental de Netflix titulado “Red privada: ¿Quién mató a Manuel Buendía?” Mis redes sociales se congestionaron con usuarios que estaban a favor y con críticos que estaban en contra mía (que no es novedad) o de mi opinión (que tampoco es novedad).

El artículo de marras se titula: “Razones por las que es pésimo el reciente documental sobre Manuel Buendía” (27/07/21). Yo siempre he desconfiado de los periodistas empistolados (que no era hábito común en México ni siquiera en los años ochenta) y de los periodistas chayoteros (práctica común tanto en aquella década como en la presente).

Para mis acusaciones en contra de Manuel Buendía mis críticos me piden que aporte pruebas. Por supuesto, no las tengo. Los chayotes se daban en efectivo; no se depositaban en cuentas bancarias, ni se expedían con cheques a nombre del beneficiario. Otra práctica común era pagarle vacaciones al periodista cooptado, sobre todo de las llamadas all inclusive.

Pero la médula de mi crítica es la siguiente: A Buendía lo mataron no porque intentara revelar secretos que pusieran en jaque al sistema político mexicano o a la CIA. Más bien creo que lo mató un grupo de políticos de alto nivel por venganza. Es decir, por hacerle pagar acuerdos no cumplidos.

Yo he sospechado siempre que dichos políticos quisieron en un primer momento posterior al crimen, desviar la opinión pública acusando a la ultraderecha y de pasadita a la CIA.

Recientemente, publiqué también otro artículo relacionado con personajes de la prensa mexicana. Lo titulé “Un gran escritor olvidado: Mauricio González de la Garza” (2/08/21).

Al respecto, Héctor Morales, secretario del ayuntamiento de Apodaca, me regaló un libro que leí con gran avidez en una sola noche: “Mauricio dice sin censura” (Edamex, México, 1985).

El libro está descatalogado y prácticamente es una joya perdida. Luego les explicaré los motivos por los que vale la pena leerlo, aunque no tenga nada que ver con la literatura.

Por lo pronto, citaré un párrafo curioso sobre la muerte de Buendía. Dice Mauricio: “Lo último que se le ocurrió al gobierno fue recurrir a un Premio Nacional de Periodismo para echarle la culpa del crimen a la ultraderecha. Y el amanuense obedeció la consigna. ¡Qué candor! ¿Cómo es posible que Miguel Ángel Granados Chapa – boca del gobierno en turno – creyera que le íbamos a creer (…) ¡Qué facilito! La maldita derecha. No digo que el gobierno sea el culpable, pero por lo menos es cómplice. Les ha faltado decirnos que fue el crimen perfecto”. Mauricio acusando de chayotero a Granados Chapa. ¡Cosas veredes!

Suponer que Manuel Buendía era un vocero extraoficial del poder sería un exceso. Pero al menos sí encubrió deliberadamente una matanza legendaria.

Como jefe de prensa del entonces regente de la ciudad de México, Alfonso Martínez Domínguez, el “incorruptible” Buendía chayoteó a la prensa para que ningún medio publicara el asesinato masivo que significó el Jueves de Corpus, mejor conocido tristemente como el Halconazo (10 de junio de 1971).

Para explicar cómo sucedió esta mordaza bien pagada, cometeré una indiscreción, revelando lo que muy en confianza me comentó hace días Rogelio Cerda.

Como todos sus amigos sabemos (y lo saben para mal sus adversarios), Rogelio es una Wikipedia verbal sobre política mexicana, literatura, historia de la prensa y es de los pocos que conocen a fondo las entrañas del poder en México.

“Algo que poca gente sabe”, me dice Rogelio, “es que después de haber sido jefe de Prensa de Martínez Domínguez en la regencia, éste cae en desgracia por el Jueves de Corpus. El entonces presidente Luis Echeverría hizo pedazos a Alfonso en los medios ¿y quién crees que fue parte de tan ominosa tarea? En efecto, Manuel Buendía.

Y sigue Rogelio: “Lo peor fue que Buendía utilizó información privilegiada que obtuvo en su trabajo previo como comunicador del regente defenestrado e impúdicamente la usó como periodista. Actitud inadmisible. No se vale que uses en el oficio de prensa lo que se te confió como empleado y confidente. Eso me lo dijo personalmente don Alfonso”.

Y termina Rogelio citándome, como moraleja, aquella frase que le respondió un ya enfermo de cáncer Gustavo Díaz Ordaz a don Alfonso cuando éste le chismorreó que cierto diputado “fulano de tal” hablaba mal de él a sus espaldas: “¿dices que el diputado fulano de tal me injuria? Por más que intento, no puedo acordarme de él. ¿Pero qué gran favor le habré hecho yo a ese pobre hombre para que ahora ande hablando mal de mi persona?”

Cierto: a los periodistas novatos, o a los chayoteros, los usaban políticos de cualquier color para mandarse mensajes entre ellos en columnas y editoriales. Por fortuna esta infame práctica ya expiró con la 4T. ¿O a poco sigue?

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