“Nuestra parte de noche” de Mariana Enríquez y los 14 asesinados de Reynosa

Eloy Garza González 

Nuestra parte de noche (Anagrama, 2020), novela ganadora del Premio Herralde, es una pesadilla onírica de casi 700 páginas, que parte de otra pesadilla no menos espeluznante: lo real. Mariana Enríquez, argentina, emo, feminista, gótica, adicta a las series de televisión y a Stephen King, es la autora de esta novela del “género del terror”, oscura y desafiante; el mejor libro que he leído a lo largo de este azaroso 2021. 

Para un insomne sin remedio como yo, a pesar del Stilnox y de la melatonina, la novela de nuestra Emily Brontë latinoamericana, es lo peor que pudo haberme pasado para seguir con los ojos pelones varias noches seguidas, aferrado a lo que le acontece a Juan Peterson, un hombre con una enfermedad congénita del corazón que viaja en carretera al lado de su hijo Gaspar, perseguidos por cierta Orden macabra y la dictadura argentina de entonces (peor que la de sus congéneres del inframundo), que los obligan a pasar de la vida real a los rituales de la muerte. 

Cada capítulo de esta novela escalofriante está narrado por un personaje distinto, en busca de esta Oscuridad cuyo acceso, a través de médiums forzados y asediados por seres extraños, te lleva a mantener a raya tu propia muerte. De hecho, el culto a San La Muerte, antigua deidad en Argentina, es muy similar a la mexicana Santa Muerte. 

Sin embargo, la novela de Mariana Enríquez también se sumerge en otra forma de desapariciones: las que cometió impunemente en Argentina la nefasta Junta Militar, tras el golpe del general Videla al gobierno peronista, asesinando familias enteras, torturando y mutilando disidentes; arrojando presos al mar, aún vivos, para que los devoraran los tiburones. Un catálogo de barbaridades contra los más elementales derechos humanos. 

Esas historias espantosas nos las contó el gran poeta argentino Juan Gelman, una noche en mi casa, haciendo encarnar a las miles de víctimas en el cuerpo de su propio hijo y de su nuera (a quienes nunca volvió a ver), y recobrando solo un par de décadas más tarde a su nieta perdida. 

Mariana Enríquez ha escrito una novela perturbadora, de denuncia, que me ha hecho morderme las uñas de miedo, sudar de terror en la madrugada, erizarme la piel y sentarme al filo de mi silla, ansioso de darle vuelta cuanto antes a las hojas de su libro seductor. 

Toda una experiencia de malestar deliberado, infringido a mis nervios por voluntad propia, sometido a deliberar cada segundo cuáles actos serán de verdad más terroríficos: los que surgen de lo sobrenatural, o los que inventan algunos seres humanos despreciables, perversos y desalmados, para torturar y destruir a su prójimo. 

¿Quiénes son peor, los aparecidos y entes fantasmales o los sicarios que desaparecieron a más de 50 inocentes en la carretera a Nuevo Laredo, o que recientemente mataron en un solo día, a mansalva, a 23 vecinos de Reynosa? Que el lector me ofrezca su respuesta.

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