Jaime Sabines protesta con un descomunal poema por la agonía de su padre

Eloy Garza González 

Jaime Sabines (1926-1999) nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas en 1926, vendía telas de joven. Se fue a la Ciudad de México (entonces Distrito Federal) en 1945 para estudiar Letras, fue senador por el PRI y el más grande poeta mexicano después de Ramón López Velarde (que nos perdone Octavio Paz). 

Sabines también era el único poeta mexicano que llenaba estadios, le aplaudían como rockstar cada vez que aparecía en escena. Si lo veían en un restaurante o en un bar, la gente le pedía que recitara algunos de sus poemas como le pedían a Vicente Fernández que cantara alguna de sus canciones. 

Esa celebridad bien ganada no le resta méritos a la lírica de Sabines. Su fama enraizó en la poesía romántica: es la continuación del padre del bolero y de las letras de la canción ranchera, pero sublimadas. 

Sabines es el único poeta que puede jactarse de que sus poemas los leen los jóvenes cuando quieren enamorar a una muchacha, o cuando uno está encabronado porque se despertó con el pie izquierdo. O porque se nos acaba de morir nuestro padre, o está muy enferma nuestra madre y eso nos revuelve las tripas y nos hace darnos de cabezazos contra la pared. 

“Pedro Páramo” de Juan Rulfo, es la novela del padre ausente. “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines” es el poema del padre presente. Pedro Páramo es un rencor vivo. El Mayor Sabines es un amor vivo. 

Al morir, Pedro Páramo se desmorona como un montón de piedras. Al morir, el Mayor Sabines se desmorona por culpa del cáncer que lo fue minando lentamente y cinco años después muere la madre y el hijo le dedica otro poema menos logrado: “Doña Luz”. 

En realidad es a su papá  a quien le tributa Jaime Sabines un extenso poema, una de las más estremecedoras elegías de la lengua castellana. A la altura de las “Coplas por la muerte de su padre” de Jorge Manrique. 

Memorice el lector los tres más grandes poemas mexicanos del siglo XX: “Muerte sin fin”, de José Gorostiza. “Piedra de sol” de Octavio Paz, “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines” de Jaime Sabines. Y yo añado una cuarta obra maestra: la escribió la grandísima Rosario Castellanos, con un coraje irrefrenable que no se sacia nunca, titulada “Lamentación de Dido” (“sería preferible morir pero yo sé que para mi no hay muerte / porque el dolor — y qué otra cosa soy más que dolor — me ha hecho eterna”). 

Igual que “Pedro Páramo”,  la lamentación de Rosario es un rencor vivo contra el abandono y la soledad. 

Todos estos grandes poemas cargan una sola temática: la muerte. O más bien: el dolor de la pérdida. El duelo. La métrica y el lenguaje de estas estrofas  son muy originales, diferentes a lo que se estilaba en sus respectivas épocas. 

En el caso de “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”, su lírica es violenta: una mentada de madre a la mala suerte. No medita: blasfema. El padre enferma de gravedad semanas antes de que cumpliera años en el mes de octubre. 

Este poema es un grito que divide bíblicamente las aguas: el avance inclemente del Príncipe Cáncer, Señor de los Pulmones, Varón de la Próstata, que tortura al padre del protagonista y el duelo que reseca la segunda sección, más comprimida, tres años después. 

Un proceso de escritura denso, descarnado, sobre un familiar que sufre su tránsito a la nada. 

Sin ternura, sin delicadeza melindrosa, el  autor acompaña a su padre en su suplicio mimetizándose con su dolor. Y negándolo. Sabines no acepta que su padre esté muriendo. Maldice al cáncer. Ironiza sobre Dios. Injuria. Destapa el frasco del veneno: “A la chingada las lágrimas!, dije, / y me puse a llorar como se ponen a parir”. 

La clave del poema está en una metáfora que se prolonga en todas las estrofas: la metáfora del árbol. Sus hijos son las ramas. Hay imágenes de leña, de frutos, de plantas y raíces. 

El padre es el tronco de donde brotan las ramas de los hijos. Pero cuando muere el padre, es decir el tronco, los hijos también se secan. Y dice Sabines: “De las nueve de la noche en adelante, / viendo televisión y conversando / estoy esperando la muerte de mi padre. / Desde hace tres meses, esperando. / En el trabajo y en la borrachera, / en la cama sin nadie y en el cuarto de niños, / en su dolor tan lleno y derramado, / su no dormir, su queja y su protesta, / en el tanque de oxígeno y las muelas / del día que amanece, buscando la esperanza. / Mirando su cadáver en los huesos / que es ahora mi padre, e introduciendo agujas en las escasas venas, / tratando de meterle la vida, de soplarle en la boca el aire… / (Me avergüenzo de mí hasta los pelos / por tratar de escribir estas cosas. / ¡Maldito el que crea que esto es un poema!)”. 

A partir de las estrofas de la sección XII percibimos por fin una burbuja de resignación serena, menos estridente. Se abre el telón y aparece el mar. De la muerte, reconoce Sabines, nadie se escapa. Su padre deja de vivir y se conduce suavemente a la nada. 

El vacío ya no se empapa de angustia. La familia del mayor Sabines se reúne como una tribu sin cabeza para recordarlo. El tiempo pasa y diluye las ansiedades. “Quiero llorar a veces…” dice y con la memoria arroja sobre su padre “tierra, piedras, lágrimas, para que no salga más”. 

También refina su tono al referirse a Dios; el poeta alcanza el nirvana de la resignación. Comprende que así es el devenir de la existencia humana. 

Mientras en la primera sección  del poema le pide el hijo al padre que no se vaya, que no lo deje, ahora le relata a su padre cómo le echó encima no olvido sino la mansa resignación. 

Acaba reconociendo que “es en vano llorar” porque sólo se llora y se sufre para uno mismo.

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